Caminemos hacia la meta

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SU ROSTRO SE PUSO RESPLANDECIENTE
El proyecto de Dios por nuestra salvación, no se detiene, a los primeros a quienes se los da a conocer Jesús, es a sus apóstoles: “El Hijo del hombre tiene que sufrir, morir y resucitará”. Anuncio que produjo confusión en todos los aspectos, por lo que Jesús para evitar la crisis de fe, ofreció a tres de sus apóstoles una experiencia única: “LA TRANSFIGURACIÓN”, como un anticipo del estado de vida glorioso, que a partir de la Resurrección vivirá, experiencia con la que manifiesta su condición divina de Hijo de Dios.
El evangelio no es un texto muerto, no es sólo para eruditos, no sólo un libro histórico, sino el texto que nos ofrece el mensaje de salvación. Dice el texto: los hizo subir con Él a solas a un monte elevado. Jesús saca de la vida cotidiana a sus apóstoles, la experiencia, no puede ser apreciada en todo su esplendor en lo común y corriente, que no es lo mismo que ausentarse de su realidad. Jesús no quiere que se queden con una vida sin razón, pero a la vez que su sufrimiento encuentre una respuesta. Subir a solas con Jesús, quiere decir, elevar el nivel de alguien a algo mejor. Sí, Jesús nos quiere elevar de nivel de vida, puede ser que nuestra vida haya caído en la monotonía, en el enfado, peor aún en la mediocridad y Él no nos quiere ver así, Jesús quiere que transformemos nuestra vida. Si por alguna razón estás sufriendo y ese dolor está convirtiendo tu vida en un gran obstáculo para continuar, Jesús hace señas, quiere que con Él subas a solas porque desea como a sus apóstoles manifestársete, para que veas su gloria, y sin dejar la vida, sin dejar tu misión, experimentes que está contigo. Sin embargo, hay que estar atento al momento en el que te llamará, y de la forma en que lo hará. No te distraigas, no hagas más intenso tu dolor, con manifestaciones de desesperación, porque éstas pueden ser más fuertes que los signos que Jesús te dé y no vas a distinguir su llamado.
Jesús, créeme sabe de ti, de tu sufrimiento, y se desea transfigurar para que contemples su gloria y alivies tu dolor. La transfiguración, significa para ti y para mí, discípulos del siglo XXI, la experiencia por la que nos hace pasar Jesús y sigamos considerándolo en su doble naturaleza, humana y divina. La experiencia de ver la luminosidad del rostro de Jesús, en sí misma y el resplandor de sus ropas por sí sola fue un impacto que rebasó las capacidades de los tres apóstoles. Cuantas cosas comprendieron, del por qué podía sanar, expulsar demonios y hablar con autoridad, pero a la vez, su razón se resistía. Sin embargo, para que aceptaran la experiencia y comprobaran que en Él se cumplían todas las promesas hechas por Dios, aparecieron Moisés y Elías. Y la experiencia llegó a un clímax jamás esperado. La experiencia, no terminó con esa visión. Dice el evangelio que Pedro estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias: escúchenlo”.
La experiencia de Dios es tan basta, que desborda toda expectativa, y con esta voz llevó a los apóstoles a lo más alto, y se mezcló la felicidad con el temor. Estaban vivos y sentían a la vez lo contrario, estaban con un hombre y a la vez estaban viendo a Dios, estaban en la tierra y a la vez probaban la excelencia de la vida eterna. ¿Olvidaron la tristeza y el dolor? ¿Qué tanta sería su confusión? El evangelista expresa esta experiencia con la expresión siguiente: “Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de temor”.
Jesús se dio cuenta de lo que les estaba sucediendo a los 3 apóstoles y por lo mismo, “se acercó a ellos”, “los tocó”, y “les dijo: levántense y no teman”. Jesús, se acerca, no se queda lejos; estar cerca es entrar en relación, es comprender, es captar la situación del otro, es participar de su alegría o dolor. Y Jesús se acerca, porque la experiencia no tenía que perder su fuerza por la fragilidad humana que se estaba desbordando en aquellos hombres. Pero no basta con acercarse, dice Mateo: los tocó, es decir, puso sus manos en sus hombros, los movió, les hizo sentir su presencia, para que la seguridad regresara a ellos, para que no se sintieran solos. Tocar a alguien, como Jesús lo hace en esta ocasión, es muestra de cariño, de atención. Pero faltaba la última parte para obtener el propósito de animarlos, la palabra, Jesús les habla y les dice: “Levántense y no teman”. Acercarse tocar, pero el ciclo se concluye con la palabra. Y Jesús lo hace: Su palabra tiene la fuerza estabilizadora que ellos necesitaban, su palabra tiene el amor que sus corazones requerían, su palabra tiene el convencimiento que les daba seguridad. Esta es otra enseñanza que hoy nos da: Jesús se sigue acercando a nosotros y emplea muchos medios, y nos sigue tocando para hacernos sentir su presencia, y nos sigue hablando para ofrecernos toda su atención: Levántense y no teman.
Pero, aquí hay un pero, desde nuestra parte por supuesto; si nosotros, además de estar agobiados por nuestro dolor, por nuestro sufrimiento, a eso le añadimos nuestra falta de fe. Creeremos que no es verdad, que Jesús ya se olvidó de nosotros, que no somos dignos, que eso sólo sucedió hace muchos años, pero que ahora ya no se repite. Atención, esta es la enseñanza de esta mañana: sí se repite y cada vez que alguien lo necesita, ahí está Jesús que se transfigura en nuestra presencia, que nos quiere sacar de nuestro tedio, de nuestra monotonía, de nuestro dolor y sufrimiento para darnos la esperanza de que la vida va más allá de la cruz y del sufrimiento y que llega hasta la resurrección y la gloria.
En el momento de la Transfiguración, de la nube, que cubría a los apóstoles, salió una voz que decía: “ESTE ES MI HIJO MUY AMADO, EN QUIEN TENGO PUESTAS MIS COMPLACENCIAS; ECÚCHENLO”. El significado de escucharlo quiere decir: seguir su ejemplo, caminar por el sendero donde Él ha sido el primero en recorrerlo; en otras palabras fiarnos de Él, porque ahora el Padre habla a través de Él.
Por último en aquella ocasión, a los 3 apóstoles Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Y así lo hicieron, entendieron o medio entendieron la orden y la obedecieron. Después de la Resurrección, la revelaron y tan la dieron a conocer que los evangelistas la narran puntualmente. Hoy, si tú que escuchas ante la presencia de Jesús, has sido tocado por Él y has escuchado sus palabras, y has salido de tu dolor de tu pena, de tu sufrimiento, si te has levantado y ya no temes, ya no necesitas callar, hoy proclámalo a los cuatro vientos, porque así como tú lo necesitaste gracias a tu testimonio otros abrirán su vida, su corazón para que Jesús se acerque y los sane, se levanten y dejen de temer, y su vida sea más plena.

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