¡Ve más allá!

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SI TÚ LO QUIERES, ES COSA TUYA
El Evangelio nos da la posibilidad de hacer consciencia de nuestro ser y la pauta para nuestro quehacer. La semana pasada el evangelio nos ofreció reconocer la importancia del ser, nos ubica a la altura de la semejanza de Dios: “Y también nos dice: ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”. Hoy, nos confronta para revisar nuestra manera de actuar. El fragmento de este domingo nos deja entrever que a Jesús se le había acusado de transgredir la Ley y los Profetas, por hacer a un lado aspectos que ni la Ley contemplaba y que eran sólo preceptos humanos. En respuesta a semejante acusación Jesús declara: “Yo he venido a dar plenitud, no a abolir nada”. Esta afirmación, nos permite descubrir cuál es la misión a la que Jesús ha sido enviado por Dios. Él no viene a contradecir la obediencia a la voluntad de Dios, pero sí viene a depurarla de todo aquello que a lo largo de los años se le ha venido pegando como inaceptable. El verbo que utiliza Jesús es dar cumplimiento, con el sentido de elevar a su máxima expresión, el deseo de Dios, revela la verdadera importancia que las Escrituras tienen para nuestro Señor Jesucristo, al grado que en su persona por su enseñanza y por su vida, la más pequeña i de la Ley se puede realizar. Es por ello, que el ser y el actuar son complementarios en Jesús, son partes inseparables, como los labios y la boca, que se definen entre sí. Ahora, viene nuestra reflexión, ¿qué valor le doy yo a la Palabra de Dios, en mi ser y quehacer cotidianos y a su cumplimiento por la obediencia?
Querer, escoger, son capacidades que Dios nos ha concedido y que dependen de nuestra inteligencia y voluntad. Y el Señor conoce nuestras acciones que dependen de nuestra voluntad. ¿Por qué hacemos algo? ¿Por qué somos justos o injustos? ¿Por qué entramos en conflicto o no con alguien? ¿Por qué mirar con malos deseos a una mujer o a un hombre? ¿Por qué dejar que el ojo o la mano sean ocasión de pecado? Cualquiera de estas acciones y muchas más, tienen su origen en mí, surgen de mi querer, de mi elección, de mi decisión.
Jesús se enfrenta y nos enfrenta con el “Quehacer humano”, con el ¿Por qué hacer de una manera u otra? ¿Mi hacer es por convicción o sólo por imitación o por inercia? Nuestro actuar que nace de nuestra decisión, nos está llevando a entrar al Reino de los cielos o nos está dejando fuera. El Señor nos está dando la oportunidad de arreglarnos por el camino (de la vida), lo estamos aprovechando o nos tocará la pena de que se nos lleve a la cárcel por no saber arreglar las diferencias. ¿Procuro como Jesús dar cumplimiento, llevar a plenitud en mi vida el quehacer de mi persona? Jesús en san Mateo, no engrandece la obediencia, como los escribas, sino una obediencia nueva, radical, conforme a la Ley y a los profetas. Sin embargo, requerimos de analizar ¿cómo obedecemos y cómo hacemos para ayudar a obedecer? ¿Qué se ha entendido tradicionalmente por obedecer? Los especialistas en valores humanos nos dicen: La obediencia acepta, asumiendo como decisiones propias las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se oponga a la justicia, y realiza con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda. Hoy, al exaltarse enormemente la libertad, la obediencia, se encuentra con un gran obstáculo: La obediencia despierta, en algunas personas, la sensación incómoda de tener la propia voluntad dominada por el poder de otra.
Al obedecer muchos piensan que están sacrificando su propia personalidad, y capacidad de decidir. Creen que obedecer supone la negación de la libertad, de la creatividad de la iniciativa. Pero la obediencia entendida como virtud, no es la sumisión ciega de un esclavo sino la capacidad de realizar para bien lo que se me pide.
Para enseñar a obedecer no basta con que se obedezca externamente, y se experimente rebeldía interior; no basta con obedecer porque la autoridad me es simpática. Sólo hay virtud en obedecer cuando se cumple porque se reconoce la autoridad en la persona que manda. Obedecer para Jesús nos invita con su mensaje de hoy, a considerar en nuestra vida, que no en cumplir por salir del paso, sino ejercitar una virtud que me lleva a la plenitud de mi ser y de mi quehacer como persona. Si la obediencia es una virtud, es imprescindible enseñarla desde niños y urge que cada pareja, que cada padre o madre de familia busque en su creatividad cómo motivar a los hijos para que obedezcan, para que aprendan a obedecer.

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