¡Dios quiere que seas feliz!

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La propuesta de Jesús, es mucho más que ir al templo, mucho más que decir “soy creyente”, es sobre todo un camino, una decisión de vida, abandonarnos a Él, es seguirle a lo largo y ancho de nuestra vida con la intención de hacer de este mundo, un mundo que se decida a amar. Después de que Jesús inicia su predicación, continúa sugiriéndonos ¿qué es lo que Él entiende por felicidad? Que no es sólo gozar de la vida, que no es sólo tener nuestras necesidades satisfechas, que no es, no tener problemas. Jesús nos ofrece más que un planteamiento ideológico sobre la felicidad, un proceso para ejercitar la felicidad, que va más allá de ideas agradables, llamativas, entusiastas, que es más que éxito económico, social y de fama.
San Mateo, nos dice: Jesús, subió al monte, ¿qué quiere decir? hizo que la gente se alejaran de lo rutinario y los llevó a un nivel de escucha y aceptación más profundos, para que recibieran un mensaje único y esencial para su proyecto de vida, para que conocieran lo que Dios quería de ellos. Se sentó. ¿Por qué especifica san Mateo esta posición corporal? Sentarse, en el lenguaje de oriente y de la Biblia, significa la actitud del maestro, del que va a enseñar.
Las bienaventuranzas están al centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas al Reino de los cielos. Las bienaventuranzas dibujan el rostro del Padre y de Jesucristo describiendo su Amor. Las bienaventuranzas, son la propuesta de vocación de los fieles asociados a la gloria de la Pasión y Resurrección de Jesús. Las bienaventuranzas, son para ti, para mí, nuestra vocación, la convocatoria a que vivamos como lo que ellas expresan. Nos invitan a que seamos pobres de espíritu, es decir, necesitados de Dios, a pesar de tener todo, y merecer la bondad y la misericordia del Señor. Las bienaventuranzas iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana. ¿Qué quiere decir esta afirmación? sino que, si tú o yo o cualquier cristiano se sintiera confundido por saber cuál es su proceder en alguna u otra situación de vida, basta que retomemos la lectura de este párrafo del evangelio para que nos guíe y miremos que el camino es Jesús. La segunda Bienaventuranza, nos dice: “dichosos los que lloran porque serán consolados”. Cuántas lágrimas rodarán por nuestros ojos y por tantos motivos: por coraje, por desesperación por injusticia, por resentimiento, por tristeza, por haber hecho un bien y ahora se nos paga con mal. Sí, de aquí surge nuestra dicha, que Dios nos consolará, dispongámonos a recibir su consuelo, que llegará, pero no lo queramos a nuestro acomodo sino como Él nos lo quiera dar, y para ello, estemos atentos a sus signos y llamadas. Las bienaventuranzas son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones. Y sí que son paradójicas, porque declaran realidades como la siguiente: dichosos los apacibles o humildes porque heredarán la tierra. ¿Quiénes son los sufridos o apacibles que heredarán la tierra? Estos son los que no se apoyan más que en Dios para reivindicar sus derechos y rechazan el camino de los soberbios, de los violentos y de los egoístas. De ellos dice Jesús que “poseerán la tierra”.
Las bienaventuranzas que en el evangelio escuchamos, anuncian a los discípulos, que hoy son para nosotros y todo hombre de buena voluntad, las bendiciones y las recompensas ya comenzadas.

Las Bienaventuranzas, nos proponen una nueva disposición, una nueva ética, una concepción nueva de la vida. Jesús a través y con las bienaventuranzas, abre para todos, caminos: de libertad, de autenticidad, de plenitud, pero sí de una mayor exigencia. Con las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a entrar en una revolución de todas las coordenadas en que estábamos inmersos; a Jesucristo le interesa que estemos dispuestos a lanzarnos al fuego del Reino de su amor. Las Bienaventuranzas, son la ley y la llave del Reino de Dios, ellas son el mejor camino para llegar a ese abismo insondable de Jesucristo, pues Él es el primero y único bienaventurado. Las Bienaventuranzas, no son un código abstracto de doctrina espiritual, sino la experiencia de su vida, y la idea que Él tiene del Reino de Dios. Ellas nos revelan el verdadero rostro del Salvador, su fisonomía espiritual, ya que cada una de ellas fue practicada y vivida por Jesús.
Las bienaventuranzas, proponen el deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer: “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente anunciada (S. Agustín…) ¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti (S. Agustín…). Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a Él. ¿Por qué vivo? ¿Por qué trabajo? ¿Por qué convivo en pareja? ¿Por qué estoy en familia? ¿Por qué sufro limitaciones si tengo que compartir con mis hijos lo que gano? ¿Por qué me canso y no tengo todo el tiempo para mí? ¿Por qué me enfermo? ¿Por qué no tengo lo necesario para aliviar las necesidades de tanta gente a quien amo? La lista de incógnitas es infinita, y es a todas ellas y más, a las que nos responden las bienaventuranzas. Son, si las meditamos con paciencia y amor, una respuesta, un camino y una meta a alcanzar. Este es el mensaje de Jesús, no de ayer cuando Él por primera vez lo expresó, no sólo de hoy que a nosotros nos toca el hacerlo presente, sino de siempre.
Actualicemos y expresemos nuevamente este mensaje, porque Jesús, hoy otra vez, ve a la muchedumbre, esparcida por todo el mundo, sube nuevamente al monte, para sacarnos de nuestro tedio, de nuestra cotidianeidad y se sienta, para mostrarnos la paciencia que nos tiene, y nosotros sus discípulos de hoy, nos acercamos a Él, y Él tomando la palabra, nos sigue enseñando, diciendo: Felices los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.

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