¡Él es el único que puede cambiar la vida!

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San Juan, nos ubica al día siguiente del bautismo de Jesús. De pronto, inesperadamente se acerca un hombre y Juan al ver que es Jesús, a quien ya había bautizado declara: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Jesús, escuchó la declaración de Juan, y continuó su camino; ahora sí iniciaba su misión: revelar al Padre, revelar y su infinita misericordia. La declaración de Juan, es hoy para nosotros, algo común y corriente, palabras que oímos en la misa y no causan ya ningún impacto. Sin embargo, para aquel momento, el que Juan B. dijera esas palabras y entre gente que interesada en saber cuál era la misión de Juan, producía una enorme expectación. La frase: “He ahí el cordero de Dios, que quita, el pecado del mundo”, evoca al cordero inmolado la noche de pascua, expresión de la liberación de Dios en favor del pueblo. La mención del pecado recuerda al “Siervo de Yahvé”, que como cordero inocente carga sobre sí el pecado de la humanidad (Is 53, 4-12). Ahora Jesús es el cordero que salva. Qué asombro de todos aquellos que escuchaban a Juan, Se preguntaban ¿qué quería provocar Juan en la vida del pueblo? Todos estaban desconcertados y Juan seguro de su declaración. La gente al ver a Jesús, miraba a un hombre como ellos, algunos habían convivido con él o hasta habían sido vecinos, y ahora Juan, hace esta declaración a cerca de él. La declaración tiene validez total porque Jesús es el Cordero-Siervo que libera a los hombres del pecado y de las tinieblas por medio de su palabra, que es la luz y la verdad. Jesús es el siervo, que a través de su sufrimiento dará la vida al mundo; es el verdadero cordero pascual, que inmolado en la cruz revelará la gloria de Dios, reuniendo a los hijos de Dios dispersos. Juan B, tenía muy clara su misión: “bautizar con agua para que Jesús el cordero sea dado a conocer a Israel”. La vida de Juan estaba involucrada absolutamente en dar a conocer a Jesús. Por eso eligió vivir en el desierto, por eso vivía solo para meditar la palabra de Dios, por eso vivía sobriamente, porque todo él se estaba concentrando en la voluntad de Dios, para que así todo mundo centrara su atención a sus palabras y su testimonio fuese escuchado.
Hoy ya no es Juan B quien tiene que dar testimonio de que Jesús es el Cordero de Dios, y sobre quien descendió el Espíritu Santo; ahora somos usted y yo y todos los que hemos recibido en el momento oportuno de nuestra vida el bautismo que nos hace también testigos de Cristo, quienes debemos dar a conocer con nuestro ejemplo y nuestra palabra que Él es el Hijo de Dios, que está entre nosotros y vive para siempre. Si tu cónyuge ama a Jesús en su vida de todos los días, eso quiere decir que tú tienes que ver en algo o en mucho para que así sea. Porque se lo das a conocer. Si tus hijos aman a Jesús y se sienten unidos a Él, eso quiere decir que ustedes papás tienen mucho que ver en que así sea. Porque se los dan a conocer. Si tu comunidad ama a Jesús cada domingo más, es que tú con tu ejemplo haces que a Él lo amen más por el gusto que tienes de vivir tu fe adentro y fuera de ti. Hoy, no sólo en los lugares lejanos de misión es necesario dar testimonio de Jesús, ahora como ha sido siempre es necesario dar nuestro testimonio en cualquier parte donde haya una mujer o un hombre de buena voluntad, para que acepten a Cristo como el Hijo de Dios.
El evangelio, en unas cuantas líneas nos muestra todo el acontecimiento de la presentación pública que Juan B. hace de Jesús el Hijo de Dios. Y dice Juan: “Vi al Espíritu descender en forma de paloma y posarse sobre Él”. El verbo posarse que usa san Juan traduce el verbo griego que significa “permanecer”, con el cual se indica una permanencia estable y plena del Espíritu en Jesús.
A Él Dios le ha concedido su Espíritu sin medida. El bautista testimonia que Jesús es “el que ha de bautizar con el Espíritu Santo”, el gran don prometido para los tiempos mesiánicos. Jesús, en efecto después de ser glorificado, dona el Espíritu como río de agua viva en el corazón de quienes creen en Él (Jn 7, 38-39). La presencia del Espíritu Santo como garante de la acción de Dios en Jesús, es una manifestación de la amplitud de la misión del Salvador. El bautismo ya no será con agua, sino con Espíritu Santo, es decir, que es Dios mismo quien abre su corazón para llamar, elegir y enviar, sin importar la raza, la nacionalidad o la religión. El bautismo en la época de Jesús, superó las abluciones que practicaban los judíos, que consistían en bañarse o purificarse para quedar limpios legalmente y poder participar del sacrificio que se realizaba en el templo. El bautismo der Juan iba más allá y sugiere la conversión de la persona como lo pedía Juan y el signo de la realización era el baño con agua corriente. Ahora, con Jesús el bautismo adquiere otras características, la presencia del Espíritu Santo que no se limita a lo físico, sino que va hasta lo más hondo del ser a transformar el corazón de la persona para renovarle internamente y hacerle una persona nueva dejando atrás al hombre viejo y revistiéndose del hombre nuevo. Esto y más es lo que significa que Jesús bautice con el Espíritu Santo. Y ese es el bautismo que todos nosotros hemos recibido, por su voluntad, pero sobre todo por su amor y misericordia.
Quiero por último, invitarles a que no dejemos pasar por alto que cada uno de nosotros tenemos una misión bien concreta, la de ser testigos ante el mundo de quién en Jesús. A través de nuestra forma de ser, pensar, sentir y actuar estamos comprometidos a anunciar que Jesús es el Hijo de Dios. Y tener el valor, la fuerza y la disposición como Juan a hacer ver a los demás y seguir señalando a Jesús que Él es, ha sido y seguirá siendo: “El cordero de Dios que quita el pecado el mundo”.
Les invito este domingo, a que valoremos el testimonio que recibimos de los demás y el propio, como algo que motiva e impulsa a unos y otros para bien de la Iglesia. Quienes trabajan apoyando en su parroquia, están dando testimonio, quienes cantan o realizan cualquier labor están dando su testimonio, entusiasmémosles porque su testimonio es sincero. Jesús es dado a conocer hoy de manera muy diversa, cualquiera que sea la forma agradezcamos a Dios que suscita esa forma de testimonio.

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